viernes, 11 de septiembre de 2009

SIGNOS DEL RACISMO EN CARTAGENA, EN EL SIGLO XXI (Conferencia de Ricardo Chica Geliz. UDC, marzo 17 de 2009)

Para comenzar, diré que hablar de signos es hablar de textos. De manera, pues, que un texto –como dice Umberto Eco, en su libro Lector in Fábula- es un artificio susceptible de ser leído, actualizado o interpretado por alguien. El signo, visto así, sirve para representar una idea a través de pistas concretas que lo conforman. Así, las pistas concretas de una foto, están compuestas por los rayos de luz, por los toques del color. Una canción, por ejemplo, contiene pistas en su verso, en su ritmo. Una ciudad antigua, como es el casco histórico de Cartagena, tiene pistas en su propuesta arquitectónica: en los balaustres, en los óculos, en las arcadas, en los zaguanes, en los pasajes, en las plazas, en el trazado, en las murallas.
De manera, pues, que se puede decir que el signo o el texto plantea dos problemas. De una parte confeccionarlo y de otra, valorarlo, encontrarle sentido. Así tenemos que la idea o el sentido que tiene el confeccionista o el creador del signo, no coincide de manera exacta con la idea o el sentido que encuentra el lector. Se trata entonces de un juego de dos estrategias, una generativa y otra interpretativa. Por una razón simple: cada lectura modifica su objeto. Dicho esto, hay que establecer que el hombre ha sido signo o texto desde siempre. Lo que hay que tener en cuenta, como bien lo sugirió Rubén Darío Álvarez, cuando me propuso realizar esta charla, es que estamos en la era de las comunicaciones.. Y, eso, resulta fundamental, porque el advenimiento de los medios en el planeta es un referente de modernidad. Con la presencia de los medios en la sociedad, se desbarata el debate de los apocalípticos y de los integrados. Los primeros creen que los medios amenazan y destruyen la cultura sacra, la cultura exquisita y refinada. Y los segundos son optimistas, porque piensan que los medios son una especie de clave de salvación porque portan la posibilidad de difundir lo bueno de esta tierra. Pues, ni lo uno, ni lo otro. Lo que hay que analizar de los medios y de los signos que portan, son los valores que subyacen en ellos. Ahí, por ejemplo, tenemos a la pobre champeta. Y digo pobre porque es que acabaron con ella.
 
¿Han ustedes escuchado a Kaisha, han escuchado a Kassav, han escuchado a Awilo Lomgomba? Seguramente no. ¿Por culpa de quien? Por culpa de los intereses y de los valores de los programadores de radio que no investigan, que no buscan referentes, que nos han hecho perder la vocación caribe de Cartagena. Han destruido la champeta y con ella, se va la posibilidad de la construcción colectiva del signo más poderoso, en términos de memoria e identidad,  y capaz de relatar lo que somos, lo que nos pasa y lo que queremos, retomaré este asunto al final.
Visto el signo como artificio, tenemos que la ciudad en su conjunto es un texto. Si uno mira a Cartagena por google earth, y busca un plano desde arriba se da cuenta que la ciudad es un signo con una columna vertebral remendada, que es la Avenida Pedro de Heredia. Se da cuenta que la cabeza la tiene hueca y llena de agua. Y se da cuenta que en la mitad, tiene un grano gigante a punto de reventar en pus y una severa obstrucción estomacal, que es el mercado de Bazurto, que es un lugar de destino ubicado en un espacio que sólo puede ser de paso. Esa es, pues, mi lectura, mi interpretación muy personal. En otras palabras, las lecturas son infinitas y, también, son susceptibles de ser compartidas y se concretan en imágenes colectivas, en esquemas mentales generalizados. Uno lee los textos a partir del conocimiento previo que tiene en la cabeza. Uno no lee a partir de lo que no es, o de lo que no sabe. En mi plano de google earth, viendo a Cartagena, y siendo negro yo, y siendo cartagenero yo, de los sectores populares es fácil ver los signos del racismo. En un plano geográfico como el de google earth los negros estamos atrás, en el sur, allende La Popa y en las peores condiciones sociales, educativas, culturales, económicas y políticas que jamás se halla imaginado. Muchos casi no son humanos, hasta allá ha llegado la degradación: están desnutridos, son ignorantes, no creen en nada, se matan atrozmente entre ellos y muchos no quieren vivir. Su horizonte de futuro sólo alcanza hasta el fin de semana y su proyecto de vida se concreta en una caja de cervezas, en música a todo volumen y en las prácticas del perreo frente al pick up; no es que esto sea malo. Lo que pasa es que el futuro consiste en algo más que eso. Los blancos están arriba y más acá y viven bien. Buena parte de los cartageneros negros, no saben qué es vivir bien. Cualquiera de nosotros aquí presente lo sabe, pues, la ciudad como signo tiene una epidermis que se manifiesta en sus arquitecturas, en sus formas urbanas y en su geografía humana. La ciudad de Cartagena, pues, en los términos mencionados es racista. De eso no hay duda.
Y, aquí vale la pena hacerse una pregunta sobre los lectores, sobre los interpretantes del signo, es decir, sobre nosotros. ¿Quién de nosotros quiere ser negro? ¿Quién de nosotros está convencido de que es un hombre negro, una mujer negra? ¿Quién quiere ser negro en una ciudad donde el peor enemigo de un negro es otro negro? Y, sino estamos convencidos de ser negros o afrodescendientes o afrocartageneros, entonces ¿Desde dónde leemos a nuestra ciudad? ¿Qué es Cartagena para nosotros? Y, lo más importante para mí, ¿Quién quiere a Cartagena? Se trata de interrogar el amor propio, en términos individuales y en términos colectivos. O, si se quiere, se trata de interrogar nuestro lugar en la historia de este signo que es la ciudad de Cartagena y sus expresiones excluyentes, discriminatorias y asimétricas.
La historia como expresión de poder en Cartagena y Colombia es muy importante a la hora de evidenciar el racismo. Los signos de la historia son construidos por los vencedores, por los conquistadores. Aquí voy hablar de dos vigorosos signos de la historia en Cartagena, la monumentaria y los textos escolares. ¿Qué pasaría, si en vez de la estatua de Don Blaz de Lezo, estuviera plantada la estatua de Benkos Biojó? ¿Qué efectos tiene el exponerse diariamente a la imagen de Blaz de Lezo cada vez que pasamos por el Castillo de San Felipe? Un habitante de Cartagena pasa, por ese monumento, millones y millones de veces durante toda su vida, lo que se constituye en un martilleo constante que opera en el subconsciente, pues, la estatua de Blaz de Lezo es un signo que nos subyuga, que nos arrodilla, que nos dice con toda contundencia que esto no es de nosotros. Es más, nos dice que no somos de aquí, que no somos cartageneros, que somos negros lo cual es muy diferente. Blaz de Lezo nos mira con su único ojo y nos susurra que somos unos insolentes, unos infelices y unos igualados. La estatua nos pregunta ¿Cómo nos atrevemos, si ustedes son unos esclavos? Por favor, bájense del bus, de la moto y párense frente a la estatua, mírenla en detalle y escúchenla. Y serán concientes del desprecio más humillante que tengan en su vida. Pero no. Los medios de comunicación, en especial la televisión, presentan este signo como referente de orgullo, referente de heroísmo y referente de resistencia. ¿Resistencia? ¿Cuál resistencia, si Blaz de Lezo estaba cuidando su oro, no estaba cuidando a nuestros ancestros y mucho menos a sus descendientes, es decir, a nosotros? Les propongo que partamos de una base: con una historia así es muy difícil querer a Cartagena, o para ser más preciso, la noción que nos han vendido de ella. Cartagena somos nosotros, de manera que el desafío consiste en construir un signo capaz de aglutinarnos, de congregarnos alrededor de él.
Estamos tan mal que aceptamos un monumento a Pedro de Heredia y su nombre está puesto en la columna vertebral partida que es la avenida. El signo de Pedro de Heredia nos dice de manera aplastante que la conquista es un proyecto civilizador y nosotros, en el fondo, creemos que es así, sin importar nuestro color de piel, ni en qué parte de la ciudad vivamos. Hasta el mismo Maestro Grau peló el cobre con el monumento más lacerante que, en mi opinión, hay en la ciudad: el de Pedro Claver regañando un negro y este, aceptando la condescendencia, como disculpándose y agradeciendo las consejas del blanco. Repito y aclaro, el racismo no es un asunto de color de piel. Es un asunto de nuestras cogniciones y de cómo nos vemos nosotros en el mundo.
Estamos tan mal en Cartagena, los negros, que nuestro problema no son los blancos. A mí particularmente me ha ido de maravilla con los blancos. Muchos son mis mejores amigos y amigas y otros francamente han sido mis ángeles de la guarda. En cambio, para ir al barrio de La Quinta , Calle de Las Flórez, tengo que avisar a mis familiares para que estén pendientes de que no me vayan hacer nada. La calle, casualmente está llena de negros como yo. Continuando con la historia de Cartagena, pues, esta la escribieron los blancos e imprimieron una visión hispánica, donde las otras visiones quedan totalmente descartadas: la visión afro, la visión indígena. De manera pues que para comenzar a sugerir una conclusión provisional, los signos históricos de Cartagena, expresados en su monumentaria y en sus discursos convencionales que son relatados por los guías turísticos, por los docentes de primaria y bachillerato, por historiadores profesionales y por la televisión y los medios en general son signos racistas y por tanto sugieren prácticas racistas que ocurren en una dimensión estructural, es decir, aparecen como naturales, como corrientes. Está bien que los negros vivan así, arrastrados, sin dignidad. Está bien que los blancos vivan así, los doctores de siempre. Se generaliza y se acepta la idea de que esto es así y nadie lo cambia. Es más, que así como están las cosas, está bien.
Los signos o artificios expresados en los textos escolares de historia, que estudian muchos niños de Cartagena también contienen fuertes pistas de exclusión y racismo. En el colegio de mi hijo de 8 años, por ejemplo, el texto guía es un libro de la Breve Historia de Cartagena, escrito por Eduardo Lemaitre e ilustrado por el arquitecto Javier Covo. Se trata de un signo que establece con toda la contundencia posible, qué lugar ocupamos los habitantes afros en esta ciudad. Yo me imagino que Lemaitre escribió su libro con mucho amor por esta ciudad y no lo dudo. Y, digo que me lo imagino, porque conocí al arquitecto Javier Covo en México y se trata de un sujeto encantador que, por aquellos años, ilustró el mencionado libro con pasión, con mucho cariño y buenos sentimientos hacia esta ciudad.. Y aquí vale la pena preguntarse ¿De qué ciudad estamos hablando? ¿En qué ciudad viven ellos y en cual nosotros, si además, compartimos la misma historia? Que los negros no aparezcamos en la foto es otra cosa. Pero la historia es una, aunque nos hallan olvidado, aunque nos hallan hecho invisibles.   
Los negros ante los signos del racismo, tenemos pues, un problema de lectura, es decir, de perspectiva o más claro ¿desde dónde nos estamos valorando como sujetos capaces de proponer un futuro colectivo que sea justo para todos? Un día llegué a casa, hacia las siete de la noche. Mi mujer me sirvió la cena y se puso a ver el noticiero. Mis hijos, el niño de cinco años y la niña de casi cuatro jugaban en el piso de la sala. De repente, el niño se levanto, se me acercó y preguntó “Papá ¿Tú porqué eres negro?” Levanté la mirada y me di cuenta que la niña estaba en expectativa frente a mi respuesta. “Porque Dios me hizo así” Les contesté. “No importa, yo así te quiero” me abrazó el niño y la niña corrió a donde nosotros y abriendo sus bracitos dijo “Y yo también”. Fíjense lo vigoroso, lo aplastante, lo apabullante, lo dominante que puede ser una idea. Ya, desde entonces, mis hijos ven mi negrura como un terrible defecto, inevitable, como un pesar que de todas formas hay que querer. Un día un estudiante mío, le preguntó a otro “¿Tú conoces al hijo de Ricardo?” y contestó el otro “No”. Y enseguida replicó el primero “Bueno es igualito a él, pero blanco”. Y para terminar de rematar la profesora Covo enseñándole a mi hijo La Breve Historia de Cartagena ¿Qué me ha tocado entonces? Pues, intentar ser más imaginativo, más creativo y más inteligente que los otros,  quienes confeccionaron unos textos, unos signos tan hegemónicos y tan envolventes que terminan haciendo que flote alrededor de nosotros un paisaje social y cultural donde pareciera que así son las cosas y así deben ser.
Para tratar de darle un corte a estas ideas, quisiera hablar de Barak Hussain Obama, como signo de la multiculturalidad. Se puede ver como signo político, o económico. O imperial, si quieren. Pero les propongo que lo leamos como signo de la multiculturalidad. En ese sentido hay que aclarar que la multiculturalidad es un concepto en construcción y por tanto es un debate. De manera que tampoco la podemos ver como la salida a todos los problemas. Lo cierto es que la multiculturalidad surge como alternativa al etnocentrismo y reconoce el intercambio y el entendimiento entre las diversas culturas, en condiciones de igualdad. Si uno lee en la prensa la historia personal de Obama se da cuenta que él es un periplo, una travesía de la multiculturalidad en el mundo que nos tocó vivir. La vida de Obama, vista como relato, como signo nos sugiere, pues, que se parece a la mayoría de nosotros, a la mayoría de la gente en el planeta. Si nos damos cuenta, los cartageneros y las cartageneras tenemos múltiples y diversos orígenes culturales y estamos en una dinámica cotidiana de intercambios que finalmente da como resultado infinitas expresiones multiculturales a las cuales estamos expuestos. Estas dinámicas de intercambios son cada vez más rápidas y nos están señalando que el mundo se está convirtiendo en uno solo y eso, al parecer, es una paradoja. Sin embargo, me parece que lo fundamental en lo multicultural es el análisis de los valores subyacentes en la sociedad cartagenera y su relación con las prácticas que llevamos a cabo.
De manera, pues, que interrogar los signos del racismo en el siglo 21, es interrogar nuestros valores. En ese sentido, las negras y los negros de Cartagena, los afros, tenemos que hacer un esfuerzo serio por superar las profundas taras históricas que redujeron nuestra mente a la más mínima expresión. Barak Obama nos la puso bien difícil. Este hombre llegó a ser el primer afrodescendiente en dirigir la Havard Law Review, una de las revistas académicas más importantes y prestigiosas del mundo en materia de ciencias políticas y derecho. Esa revista no son las páginas judiciales del periódico Q’hubo, no son las páginas de Sucesos, no es El Espacio. Se trata entonces, de una mente brillante que, como negro, como sujeto multicultural le tocó hacer las cosas bien, extraordinariamente bien. Como nos toca a nosotros. Nadie sabe cómo le va a ir en la historia a este hombre negro. Nadie sabe lo que va a pasar en este mundo patas arriba que tenemos que enderezar. Pero, por lo menos, la saga del primer presidente negro del país más poderoso del planeta, para los negros como yo es toda una inspiración.

Para terminar y retomar a la champeta presentaré a continuación 3 videos musicales. Retomo a la champeta porque hay que reconocerla, no sólo como música, sino como todo un estilo de vida y como el eje estructurante más vital que tenemos en la cultura popular cartagenera, a partir del cual se  construyen múltiples signos que reflejan el retroceso, la degradación de los valores vigentes en los sectores populares de Cartagena. La champeta hoy le canta a los genitales y eso está pasando porque los negros nos extraviamos, perdimos el norte porque tenemos hambre, porque somos ignorantes y porque nos matamos entre nosotros. El propósito de mostrar los videos consiste en señalar algunos signos musicales que están desarrollando hermanos afros en otras latitudes del mundo. Señoras y señores, les presento al grupo Kassav de la isla de La Martinica , a Kaysha de Francia y a Awilo Longomba del Congo. Muchas gracias.   

Una muestra de Kassav de la isla de Martinica: http://www.youtube.com/watch?v=pGh_k0Y99Oo
Otra de Kaysha de Francia: http://www.youtube.com/watch?v=yjODJ0zXaJw

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